Lvgo Romano

Hace poco más de dos mil años que la ciudad de Lugo fue fundada por los romanos con el nombre de Lucus Augusti, sobre las estructuras de un antiguo campamento militar y aprovechando sus magníficas condiciones topográficas sobre un espolón aplanado tallado por los lechos confluentes de los ríos Miño y Rato en el extremo meridional de la Terra Chá, así como la existencia de ricos manantiales de aguas termales, necesarios para la higiene de la tropa y la convalecencia de los heridos de guerra.

 

Terminada la conquista del noroeste, después de las llamadas Guerras Cántabras (25-19 a.C.), Roma afrontó la tarea de organizar los territorios recién incorporados al imperio romano, implantando para eso un sistema político administrativo vertebrado alrededor de tres núcleos urbanos de nueva fundación: Asturica Augusta (Astorga), Bracara Augusta (Braga) e Lucus Augusti, convertidos en capitales administrativas de unos distritos subordinados a la provincia y denominados conventos jurídicos, y que serán el eje vertebrador sobre el cual se asentaría el proceso romanizador del noroeste peninsular.

En la fundación de la ciudad no llegó a intervenir personalmente el emperador Augusto, enviando en su lugar, como legado imperial, a Paulo Fabio Máximo, persona de su máxima confianza, encargándolo de la fundación material de la ciudad de Lucus Augusti, hecho que se produciría entre los años 15 y 13 a.C., tal como testifican los epígrafes hallados en la ciudad (uno de los cuales podemos contemplar en el MIHL). De igual modo, el topónimo de la ciudad obedece a la existencia de un templo o santuario naturista indígena, inicialmente Lucus, dedicado al nuevo culto del emperador Augusto.

La ciudad se planifica adaptándose a las condiciones topográficas del lugar, que tendrán una gran trascendencia en su configuración urbana; determinando la situación del foro, levantado en la zona más elevada de la ciudad pero desplazado del centro geográfico de la misma; el trazado viario que, aunque parece responder a un trazado ortogonal, no se aplicaría de forma rígida; el abastecimiento de agua, con la construcción de un acueducto de captación de manantiales acuíferos, y la red de saneamiento, con un nutrido número de canalizaciones que discurren, inicialmente, paralelas a las calles y, posteriormente, soterradas bajo las calzadas; por no hablar de la influencia que la topografía ejercerá, siglos más tarde, sobre la construcción de la muralla. Por otra parte, la excelente situación de la ciudad le permitiría convertirse en un auténtico epicentro viario, del que arrancaban o en el que morían varias rutas, como nos recuerda el miliario conmemorativo de bronce que se levanta en la calle Armanyá, en pleno centro histórico.

Durante los tres primeros siglos de su existencia, la ciudad conocerá un importante empuje urbanístico que se traduce en la consolidación de las infraestructuras viarias, la organización de un sistema de abastecimiento y saneamiento de aguas, la consolidación de su centro monumental y la definición de los espacios residenciales y artesanales, con la localización al norte y nordeste de la ciudad de una importante barriada industrial, centrada en la producción alfarera. La importancia que adquiere la ciudad a comienzos del siglo III propiciaría su conversión en capital de una provincia, de escasa duración lamentablemente, denominada, no es seguro, Provincia Superior Gallaecia.

En el último tercio del siglo III y todo el siglo IV d. C., la urbe lucense conocerá un nuevo período de reformas urbanísticas, motivado fundamentalmente por la construcción de un bastión defensivo. La muralla introducirá importantes cambios en la fisonomía de la ciudad, ya que su construcción, al adaptarse a la topografía del terreno, deja de lado amplias zonas situadas al SO, ganando por el contrario una estrecha franja de territorio hacia el N y NE, donde espacios antes reservados a necrópolis y a la actividad artesanal quedan ahora integrados en la nueva trama urbana.

El ocaso de la ciudad llegaría con su caída en manos de los suevos en el fatídico día de Pascua del año 460, según nos relata el obispo Hidacio de Chaves.